El liberalismo es la forma de organización
social más moderna y eficiente que existe. Apenas tiene dos siglos de vida,
mientras los totalitarismos de todas las especies han venido sojuzgando a la
humanidad durante miles de años.
Si no tuviésemos este íntimo
convencimiento, ninguna razón moral podría justificar el esfuerzo que
representa el estudio metódico de la doctrina liberal y su divulgación.
Nada más actual que el liberalismo; nada
más eficientemente social; y nada más espiritual que aquel racional sistema que
supo generar los más inverosímiles medios con los cuales el hombre moderno ha
logrado alcanzar los grandes proyectos del espíritu jamás soñados.
Lo más admirable del liberalismo es su
poder de irradiación universal. Fueron unos pocos países de occidente los que
adoptaron sin vacilaciones sus revolucionarios principios, y sin embargo sus
fantásticos resultados beneficiaron al mundo entero, aun a aquellos pueblos más
atrasados y aislados, como Africa y el Oriente, y también los países que se
opusieron tenazmente a su bienhechora influencia.
El espectacular crecimiento demográfico de
Europa verificado desde 1750 a 1914 muestra elocuentemente la superioridad
social del nuevo sistema: abunda la comida y la vida de las masas se hace más
llevadera. El hombre triunfa sobre la naturaleza, el inglés Jenner descubre la
vacuna antivariólica en 1798, la medicina hace avances sensacionales y la
mejora de las condiciones materiales de la existencia provoca un drástico
descenso en los índices de mortalidad. Entre 1750 y 1850 la población urbana de
Inglaterra (país que más enérgicamente había adoptado el liberalismo económico)
experimentó un crecimiento del 500 por ciento. La población europea se triplicó
entre 1800 y 1914.
El liberalismo brilló en todo su esplendor
durante el siglo XIX. Pero este asombroso período de la humanidad no se
caracterizó únicamente por el progreso vertiginoso de las ciencias y técnicas
aplicadas a la acelerada producción de maquinarias y bienes de consumo que
humanizaron la penosa carga del trabajo manual hicieron más placentera la vida
de millones de trabajadores. Fue además una época de esplendor en las letras y
en las artes. El ambiente de tolerancia y libertad de conciencia que llegó a
prevalecer en aquellos países afortunados (sobre todo Inglaterra y los Estados
Unidos, y también en la Argentina de 1853 por obra del liberal Juan Bautista
Alberdi) y la libertad económica que generó los recursos materiales para
satisfacer los fines del espíritu, estimuló la conciencia crítica de los
hombres, despertó su latente creatividad y permitió así el surgimiento
espontáneo y vertiginoso de múltiples expresiones de la filosofía la política,
la economía y las ciencias naturales.
Nunca antes el hombre común había podido
disfrutar de los bienes materiales y al mismo tiempo de las obras del espíritu.
Estaban a su servicio los mejores escritores, y también las imprentas, que
mediante modernas técnicas ponían a su alcance las económicas ediciones de sus
libros. Jamás como entonces un modesto trabajador había podido asistir a un
concierto, viajar en cómodos y veloces medios de transporte o ahorrar una
pequeña fortuna con su esfuerzo personal.
A fines del siglo XIX el hombre medio ya
vivía mejor, más seguro y más confortablemente que un noble de la Edad Media.
Ahora bien, ¿se produjo por sí solo todo
esto? ¿Fue tanta maravilla obra de misteriosas fuerzas productivas desvinculadas
de todo factor ideológico, tal como el marxismo se empeñó en hacer creer a la
gente? ¿Fue la Revolución Industrial un fenómeno de la naturaleza ajeno a la
fuerza de las ideas? De ninguna manera.
El éxito de este movimiento totalizador
cuyos remotos orígenes habría que buscarlos en la Edad Media, pero que hunde
sus raíces en el espíritu impregnado de tolerancia del Renacimiento, fue la
obra titánica y solitaria de un puñado de pensadores y economistas del siglo
XVIII (John Locke, Adam Smith, David Ricardo, David Hume y otros) que dieron
fundamento científico a las ideas sobre la libertad, desafiando y derrotando a
la antigua y poderosa estructura mercantilista que dominaba la reducida
actividad comercial y artesanal de la época bajo el signo del proteccionismo,
el monopolio y el privilegio corporativo.
Ludwig von Mises (a cuya monumental obra La
acción humana habremos de recurrir reiteradamente a lo largo del presente
libro) enfatiza de esta manera lo que acabo de afirmar arriba:
“La denominada revolución industrial fue
consecuencia de la revolución ideológica provocada por las doctrinas de algunos
economistas. Estos economistas demostraron la inconsistencia de los viejos
dogmas, a saber: 1) que no era justo ni lícito vencer al competidor produciendo
artículos mejores y más baratos; 2) que era reprobable desviarse de los métodos
tradicionales de producción; 3)que las máquinas resultaban perniciosas porque
causaban paro; 4) que el deber del gobernante consistía en impedir el
enriquecimiento del empresario, debiendo, en cambio, conceder protección a los
menos aptos frente a la competencia de los más eficientes; 5) querestringir la libertad empresarial mediante la fuerza y la
coacción del Estado o de otros organismos o asociaciones, promovía el bienestar
general. La Escuela de Manchester y los fisiócratas franceses formaron la
vanguardia del capitalismo moderno. Fueron ellos quienes hicieron progresar las
ciencias naturales que han derramado el cuerno de la abundancia sobre las masas
populares”.
Debemos sin duda a estos hombres geniales -y a los
gobernantes que escucharon sus teorías y las pusieron en práctica- la
asombrosa transformación del mundo moderno. Por algo Benedetto Crocce llamó al
liberalismo: la nueva religión de Occidente.
No hubo
en toda la historia de la humanidad un movimiento ideológico que, como el
liberalismo, se hubiese propuesto alcanzar no el bienestar de grupos
minoritarios sino de toda la humanidad y lo haya logrado.
Por eso
Ortega y Gasset pudo afirmar acerca de esta sorprendente etapa de nuestra
historia: “Todo lo antiliberal es anterior al liberalismo. Nada moderno
puede ser antiliberal porque lo antiliberal era precisamente lo que existía en
la sociedad antes del liberalismo”.
Historia de la pobreza
Según los textos, se llamó capitalismo a una era iniciada en 1750 cuyo principio básico fue la libertad para adquirir,
producir y disponer de bienes, y su consecuencia inmediata la Revolución
Industrial. Fue un cambio trascendental y de favorables consecuencias
sociales. Sin embargo, el marxismo y algunas otras ideologías se empeñan en
afirmar que si en este mundo de sufrimientos unos tienen más y otros tienen
menos es porque así se cumpliría el inexorable fin último del sistema
capitalista: la explotación del hombre por el hombre.
Vamos a demostrar la falsedad de esta
afirmación.
Si repasamos cualquier libro de historia
económica o universal advertimos que la pobreza de las masas ha sido una
constante trágica desde los más remotos tiempos de la humanidad. Los períodos
de crisis denominados cíclicos provocaban años de verdadera calamidad. La
Biblia hace una descripción del primero de estos ciclos de hambre registrados
en la historia cuando José, el hijo de Jacob, interpretando el sueño profético
del faraón de las “siete vacas gordas y las siete vacas flacas”, le aconsejó
almacenar una gran reserva de grano para paliar los siete años de absoluta
carencia que se abatirían sobre la tierra luego de siete años de abundancia.
Según el Antiguo Testamento estos ciclos se cumplieron y los judíos, para
sobrevivir a la hambruna debieron venderse como esclavos a los egipcios.
Una crisis similar sacudió a Roma en el año
446 antes de Cristo, por cuya causa miles de hambrientos se suicidaron
arrojándose a las aguas del Tíber.
Durante la Edad Media las condiciones
miserables en que arrastraban su existencia los “villanos” adquieren un
dramatismo patético. A partir del siglo V, Europa Occidental se convierte en
una sociedad esencialmente agraria, con una economía rural de subsistencia
centrada en los límites de cada señorío. Los grandes dominios señoriales
estaban formados por una parcela de tierra cultivada directamente por el señor,
y una porción mucho mayor subdividida en fundos o arrendamientos campesinos. El
centro del dominio lo constituía la residencia del señor con sus dependencias:
graneros, establos, molinos, almacenes e iglesia. Esta zona estaba generalmente
rodeada de una muralla de piedra y dentro de ella se edificaban las miserables
viviendas de los siervos.
Algunos campesinos eran teóricamente libres,
pero vivían oprimidos por las crecientes cargas impositivas derivadas de la
necesidad de mantener ejércitos poderosos. Esta circunstancia fue obligando a
los campesinos a ceder o vender sus tierras, quedando hereditariamente ligados
al dominio del señor para quien debían trabajar como esclavos. En la medida en
que iban creciendo los latifundios, los colonos pedían su libertad personal. En
el siglo XI la propiedad privada ya había desaparecido.
Los únicos instrumentos de trabajo que se
conocen son el arado tirado por bueyes, una hoz dentada, la rueda, que va
introduciéndose lentamente en la Europa occidental, y, hacia el siglo XV, el
molino de agua ya conocido en la época romana. El feudo era un núcleo económico
cerrado que consumía únicamente lo poco que producía, a excepción de ciertos
artículos de lujo, como el aceite, el vino, la sal o el lino, que podían llegar
a adquirirse en otros dominios.
La vida de estas gentes era espantosa.
Millares de personas perecían diariamente víctimas de la miseria. Las familias
vivían en el hacinamiento, sin las mínimas condiciones de higiene y carentes de
la más elemental forma de lo que hoy conocemos como servicios sanitarios.
Convivían con animales en edificaciones miserables, sucias, húmedas, alumbradas
con humeantes lámparas de aceite y rodeadas e impregnadas de una irrespirable
atmósfera nauseabunda proveniente de desechos orgánicos. Bebían aguas
contaminadas, hundían sus pies en un lodo permanente y putrefacto y hacían sus
necesidades fisiológicas en las proximidades de las viviendas, cuando no dentro
de ellas. Las estrechas fortificaciones no poseían drenajes cloacales que
impidieran la acumulación de residuos orgánicos que rápidamente se convertían
en terribles focos infecciosos. Raramente los niños sobrevivían al primer año
de edad, y los que llegaban a adultos no conservaban mucho tiempo su salud
física y mental. Su condición era peor que la de los animales: no tenían
ninguna alegría, carecían de esperanzas y razón para vivir. Estaban
inexorablemente condenados al padecimiento. Sólo la Iglesia, a través de sus
piadosas abadías benedictinas, proporcionaba algún alivio a los pobres, viudas
y huérfanos mediante limosnas. El señor feudal, que daba tierras en
arrendamiento a cambio de un juramento de vasallaje de por vida, nacía y moría
señor. El siervo, en cambio, nacía y moría siervo. Nada en el mundo podía
torcer la fatalidad de ese destino. Dormían unos sobre otros, en la peor
promiscuidad concebible, y eran frecuentemente víctimas de temibles flagelos
epidémicos que, sumados al hambre y a la violencia inclemente de los poderosos,
arrastraban a los seres humanos a sufrimientos hoy inimaginables.
En Inglaterra, los ciclos depresivos se
producían cada catorce años. Entre los años 1200 y 1600 se produjeron siete ciclos
de hambre. Hacia 1586 murieron en ese país cerca de cuatrocientas mil personas
por inanición, y en Francia, en 1709, el hambre provocó más de un millón de
muertos.
Curiosamente, las únicas excepciones que
podemos hallar en esta trágica descripción de la Edad Media están íntimamente
ligadas a algunos ejemplos de libertad económica, verdaderos antecedentes del
liberalismo moderno: Venecia, durante el siglo XI, y Holanda, durante el
llamado auge comercial de Amsterdam, por ejemplo.
El adveni8miento del sistema capitalista
hacia 1750 produjo el gran milagro: terminó con el hambre y transformó al
“vasallo” en un trabajador, jerarquía social que le permitiría adquirir una
dimensión humana desconocida hasta entonces y comenzar a tomar conciencia de su
dignidad como persona, de sus derechos y de su importancia en el nuevo orden
económico.
El surgimiento de las primeras ideas
socialistas como expresión de la rebeldía popular contra las sin duda duras e
injustas condiciones de trabajo que caracterizaron a la época (condiciones que
se irían atenuando en la medida en que la lenta y dificultosa formación de
capitales e incorporación de mejores tecnologías lo fueron haciendo posible),
constituye el mejor testimonio de aquella conciencia popular inexistente antes.
Esta asombrosa transformación del pensamiento de las clases humildes se
verifica, aunque a muchos les cueste admitirlo, gracias al advenimiento del
capitalismo y por la influencia irresistible que ejerció el pensamiento liberal
de la burguesía sobre la conciencia virgen del proletariado. Estos burgueses,
que venían constituyendo desde algunos siglos atrás una nueva y poderosa clase
social que llegó a desplazar a la nobleza del poder político debiendo a su
capacidad creadora y su sentido de la organización, no detuvieron su
arrolladora marcha triunfal de inteligencia y trabajo hasta la culminación de
lo que Arnold Toynbee llamó Revolución Industrial, a mi juicio la más
útil, trascendente y auténtica de cuantas revoluciones se hicieron en la
historia de la humanidad. (Como veremos más adelante, esta revolución pudo en
realidad concretarse gracias a tres factores concurrentes: la mentalidad
burguesa, el prestigio de la libertad y las ideas científicas de los
economistas clásicos del siglo XVIII.)
No fueron más que dos
siglos. Apenas la vida de unas pocas generaciones. Y sin embargo bastó tan poco
tiempo para lograr que los seres humanos dejaran de estar condenados a la
pobreza para quedar solamente expuestos a ella.
Más que un sistema se trata en verdad de
toda una era. El capitalismo es una etapa superior de la evolución cultural y
espiritual de la humanidad que probablemente esté muy próxima al ignorado y
trascendente destino del hombre. Por algo Ortega definió al liberalismo como
“el grito más generoso que haya sonado en el planeta”.
El Renacimiento, origen del liberalismo
Desde mediados del siglo XV comienzan a
aparecer en la vida europea una serie de cambios notorios de rasgos claramente
diferenciados que permiten avizorar la iniciación de un nuevo período histórico.
Esta nueva era fue llamada Renacimiento.
Allí encontramos las primeras
manifestaciones del espíritu liberal, un nuevo espíritu caracterizado por la
tolerancia, el afán de investigación científica y el auge de una nueva clase,
la burguesía comercial.
El mundo ansiaba respirar aire puro,
salirse de esa pesada atmósfera de intolerancia y fanatismo religioso que a
fines de la Edad Media había literalmente paralizado el pensamiento y la
conciencia crítica de las personas inteligentes. La gente estaba harta de tanta
intransigencia, de los dogmatismos sacrosantos y de las guerras de religión.
Ansiaba la libertad de conciencia por una razón práctica: era una necesidad de
todos por igual, ya no se podía vivir en ese ambiente de violencias sectarias y
de credos impuestos por el terror.
Fueron en realidad los primeros
protestantes, al proclamar su derecho de interpretar las Escrituras libremente,
quienes se convirtieron en los precursores de un nuevo orden social que más
tarde habría de consolidarse con el nombre de liberalismo. (Adam Smith empleó
por primera vez el término liberal dos siglos más tarde). Podemos, por
lo tanto, convenir en que el origen histórico del liberalismo se halla
estrechamente vinculado a las guerras de religión y a la búsqueda de la libertad
religiosa.
Refiriéndose a los antecedentes
renacentistas del liberalismo, el ensayista argentino Manuel Tagle escribe lo
siguiente en un artículo publicado en el diario La Prensa el 17 de
noviembre de 1969: “Frente al fanatismo y a la intransigencia que inducían a
invadir el sagrado recinto de la conciencia de nuestros semejantes para imponer
a la fuerza la propia fe, el liberalismo aflora revestido con la bella túnica
de la tolerancia. Ser liberal equivale entonces a confiar menos en la capacidad
personal para aprehender la verdad absoluta, y a dejar un resquicio para que
pueda filtrarse la verdad ajena. Es la época en que la duda metódica de René
Descartes se da la mano con el sonriente escepticismo de Miguel de Montaigne,
en un ambiente de auge de las letras y las ciencias”.
En el aspecto económico, sin embargo, la
nueva era no se caracterizó por las ideas auténticamente liberales que los
economistas clásicos habrían de imponer en el siglo XVIII, sino simplemente por
el afán de la búsqueda del bienestar material sin la subordinación del
principio ético o científico alguno.
Los empresarios de entonces aplicaron todos
sus esfuerzos e inteligencia en la búsqueda de la riqueza. El afán por aumentar
el rendimiento del dinero fue extraordinario y permitió transformar las viejas
instituciones políticas, económicas y sociales a fin de poder materializar,
mediante ellas, estos deseos de enriquecimiento.
El intervencionismo estatal
Pero aquí vemos aparecer el Estado moderno
que comienza a despilfarrar sus recursos y que, a fin de poder financiar sus
gastos militares y burocráticos, no se le ocurre mejor idea que intervenir en
la economía de sus respectivos países, aliándose con los hombres de negocios,
siempre dispuestos ¾antes como ahora¾ a ceder su libertad a cambio de algún privilegio.
Esto provocó un grave daño al proceso de
libre empresa que en forma natural veníase insinuando por toda Europa como una
tendencia concordante con las nuevas ideas de libertad que impregnaban la vida
social del Renacimiento. Se puede decir que ante los primeros atisbos de libre
competencia que prometían hacer de la ganancia y del comercio factores
socialmente útiles, irrumpe el Estado intervencionista que propone a los
comerciantes y artesanos una tentadora protección contra la competencia
extranjera y el establecimiento de leyes especiales que favorezcan la formación
de monopolios y otros privilegios, a cambio de ser dóciles instrumentos de una
política tendiente a satisfacer la necesidad de financiamiento de los gastos
públicos.
Vemos así aparecer por primera vez una
llamada “Economía Nacional” y una “Política económica” dirigida por el soberano
que busca afanosamente el enriquecimiento del Estado.
Finalmente el poder político se apoya en la
burguesía mercantil y en los ejércitos mercenarios, y el Estado se convierte en
rector de la actividad económica.
Se consolida así en toda Europa un rígido
sistema de economía dirigida, corporativa y monopolística que se denomino mercantilismo.
(Por un lado, el espíritu liberal del Renacimiento y la nueva mentalidad
económica de la clase burguesa hicieron posible el advenimiento del capitalismo
del siglo XVIII, pero por otro lado ¾es fundamental dejar todo esto bien en claro¾, el
mercantilismo representó un sistema diametralmente opuesto a lo que habría de
ser el liberalismo de los economistas clásicos).
El mercantilismo
Con el mercantilismo llega a predominar el
ansia de lucro mediante prácticas monopolísticas y usurarias. La acumulación de
grandes fortunas se desvincula del trabajo creativo, metódico y perseverante
que fue precisamente el fundamento de la era capitalista inaugurada más tarde,
en 1750.
Refiriéndose a esta era precapitalista,
dice Valentín Vázquez de Prada en su Historia económica mundial:
“La obra de centralización emprendida por
los monarcas renacentistas, afectó fundamentalmente a la vida económica, ya que
los soberanos, para el despliegue de su política nacional e incluso para la
organización de sus cancillerías y estructuras burocráticas, necesitaron medios
económicos abundantes y permanentes. (...) La hacienda nacional se nutrió de
impuestos e ingresos aduaneros principalmente. Pero como éstos se revelaron
insuficientes, a causa de los dispendios de una política militar expansiva que
se extiende prácticamente durante toda la época, se recurrió a diversos
expedientes y arbitrios entre los cuales se destacan las aportaciones
extraordinarias de los súbditos, y, sobre todo, los monopolios comerciales,
mineros o industriales, que rompían con la ética económica medieval, y que tantas
protestas levantaron sobre todo en Alemania e Inglaterra”.
Durante los tres siglos anteriores a la era
capitalista, el mercantilismo fue consolidándose no como una doctrina formal
sino más bien como un conjunto de medidas pragmáticas que beneficiaban únicamente
al Estado y a las minorías burguesas.
El italiano Antonio Serra publicó el primer
trabajo sobre teoría mercantilista en 1613. Tres años después, en 1615, el
francés Antonio Montchrestien menciona por primera vez en la historia el
término oeconomie politique, estableciendo reglas precisas para lograr
el enriquecimiento de los estados. A mediados del siglo XVIII el mercantilismo
alcanza su máxima elaboración teórica por obra de tratadistas como Thomas Munn
y Charles Davenant, ambos altos funcionarios de la corona inglesa.
Finalmente, los aspectos teóricos del mercantilismo tuvieron una última
expresión en Alemania y Austria durante los comienzos del siglo XVIII.
Pero nunca este heterogéneo conjunto de
ideas, reglamentos y recomendaciones conformaron una doctrina científicamente
estructurada, ya que ninguno de aquellos tratadistas pudo comprender la
interdependencia orgánica de los diversos factores que rigen el complejo
funcionamiento del mercado, mérito que habría de corresponder a los economistas
clásicos del siglo XVIII como veremos más adelante.
Las corporaciones y sus privilegios
Pero no hagamos demasiado pesado y
minucioso este necesario repaso histórico.
¿Cuáles fueron, en definitiva, las reglas
básicas del mercantilismo?
El mercantilismo fue esencialmente un
sistema de unificación y de poder tendiente a generar economía a nivel
nacional, ya que la tesis que sustentaba su aplicación era que el Estado
únicamente podía ser fuerte si era económicamente poderoso.
Para lograr este objetivo supremo se
establecieron monopolios estatales, férreo dirigismo económico, licencias
especiales para el ejercicio del comercio, fuerte protección aduanera, tarifas
a las exportaciones de materias primas, legalización y control de las
corporaciones (algo así como los colegios profesionales obligatorios de
nuestros días) y subsidios y exenciones a aquellos establecimientos
industriales que no resultaban rentables a sus propietarios. Desde el punto de
vista ético, se desvinculó a la economía de la moral, uniéndola al interés y a
la fuerza. (Donde más rígidamente se aplicó este sistema fue en Francia bajo la
influencia de Colbert, el famoso ministro de Hacienda de Luis XIV en 1661.)
Pero lo más pernicioso de la mentalidad
mercantilista fue la tenaz resistencia de la industria corporativa, fundada
sobre especializaciones artesanales y rodeada de privilegios, a todo lo que
significara innovación técnica.
¡Que a nadie se le ocurriera innovar los
medios de producción! Era tal la aversión hacia toda forma de competencia que
cuando aparecía algún empresario dotado de medios económicos y mentalidad más
ágil y creativa, todas las corporaciones afectadas se movilizaban a fin de
impedir que el insolente competidor aplicara algún progreso técnico que hiciera
peligrar sus posiciones.
Precisamente en 1598 irrumpió en la
sociedad comercial de Inglaterra uno de estos temerarios aventureros, el inglés
William Lee, quien tuvo a osadía de inventar nada menos que la máquina de tejer
medias. Este inmoral aparatejo era capaz de realizar en una jornada, ¡el
trabajo de diez operarios manuales! Tal fue la alarma de las corporaciones
textiles que no sólo el Estado le denegó el permiso para la utilización
industrial de su invento, sino que un grupo de violentos artesanos invadió sus
talleres y destruyó todas sus máquinas, debiendo el inglés huir
precipitadamente de su propia patria para salvar su vida.
Esta anécdota revela nítidamente la
mentalidad mezquina e inmoral que dominaba el mundo económico de la era
precapitalista.
Las corporaciones conservaban su estructura
medieval y ante cada inevitable avance de las nuevas técnicas que a pesar de
todo se iban imponiendo muy dificultosamente, y de la competencia de los
comerciantes que ampliaban sus mercados en el exterior y amenazaban con
invadirlo todo, aquellas instituciones se cerraban aun más y procuraban
conservar celosamente sus privilegios. El ingreso a las corporaciones se fue
haciendo cada vez más difícil, se aumentaron los derechos de ingreso y se
endurecieron las condiciones para acceder a la categoría de maestro del
oficio de que se tratara. Durante el siglo XVIII las corporaciones se
convierten en cuerpos sociales petrificados, ocultan celosamente los secretos y
técnicas de sus oficios y métodos de fabricación, reservan para sus miembros
más prominentes importantes funciones en los municipios, y llegan a desarrollar
un “honor de clase” mediante el cual despreciaban a personas de bajo
nacimiento.
Fácilmente imaginará el lector que un
sistema así no puede ofrecer ningún progreso importante a la sociedad. También
es fácil advertir que sin la intervención compulsiva del Estado jamás podría
consolidarse semejante sistema. El inventor de la máquina de tejer medias
habría derrotado fácilmente a sus anticuados adversarios y beneficiado al país
si el Estado lo hubiese protegido en sus derechos individuales en lugar de
solidarizarse con las corporaciones inhibiendo sus energías creadoras. Esto
confirma una regla que los liberales jamás debemos olvidar: siempre que en
el mundo se arraigó un sistema monopolístico, es porque el Estado así lo ha
querido.
En Francia llegó a declararse a las
corporaciones de utilidad pública, quedando subordinadas al Estado. En otros
países esta tendencia se manifestó con alguna moderación, aunque en todos lados
las corporaciones recibieron importantes privilegios de orden social a cambio
de convertirse en instrumentos económicos del Estado. “El control industrial
aparece así como un procedimiento fiscal autorizado, como una especie de
impuesto indirecto que habría de pagar el consumidor a través del artesano
monopolista” escribe Heckscher.
Naturalmente que los trabajadores no podían
estar muy conformes con un sistema que sólo beneficiaba a los funcionarios
públicos, a los militares y a la clase burguesa. Ya en los siglos XVI y XVII
había en toda Europa sindicatos obreros que organizaban frecuentes huelgas, si
bien actuaban en la clandestinidad porque el mercantilismo los había prohibido.
¡Qué difícil le iba a resultar a Adam Smith
y sus colegas demoler con sus ideas toda esa superestructura de privilegio y
persuadir a los gobernantes de que no había otra forma de hacer progresar el
mundo que no fuera sobre la base de la libertad individual, la libre
competencia, la liberación de los mercados, el libre cambio, la máxima
austeridad en los gastos públicos y la abstención del Estado en materia de
planificación económica!